Deposed President Maduro is processed shortly after capture.

Después del “golpe”: continuidad del poder y mutación del crimen en Venezuela

La captura de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, presentada por el presidente Donald Trump como la caída del “jefe máximo y de una vasta red criminal”, tiene un fuerte impacto simbólico y político.Pero no supone una ruptura estructural del sistema de poder venezolano ni de su relación con el crimen organizado. Más que un punto de inflexión, el episodio confirma la resiliencia del modelo chavista y anticipa una adaptación del Estado híbrido criminal, no su a su desmantelamiento.

Continuidad del régimen, no un vacío de poder

Lejos de provocar un colapso institucional, la ausencia de Maduro ha activado un mecanismo de sucesión ya previsto dentro del chavismo. Delcy Rodríguez, más pragmática y con amplia experiencia en la gestión de crisis económicas, sanciones y diplomacia, emerge como una figura capaz de garantizar continuidad. Junto a su hermano Jorge Rodríguez, encarna el rostro civil del régimen, mientras que los pilares más extremos —el control militar bajo Vladimir Padrino López y el aparato político-represivo de Diosdado Cabello— permanecen intactos.

Esta arquitectura de poder explica por qué Washington, pese a su retórica, parece asumir que mantener a un líder chavista es la única forma mediata de evitar un escenario de caos o guerra civil, dada la ausencia de una oposición con control efectivo sobre las Fuerzas Armadas.

Justicia penal vs. realidad política

Las nuevas acusaciones en Nueva York amplían el alcance simbólico del proceso judicial al involucrar a la familia de Maduro y vincularlo directamente con figuras criminales como el líder del Tren de Aragua. Sin embargo, la omisión de actores clave —especialmente Padrino López, pieza central del control militar y del narcotráfico— revela los límites del enfoque judicial como herramienta de transformación política.

El mensaje es claro: perseguir individuos no equivale a desmontar redes, y mucho menos un sistema donde el crimen organizado funciona como engranaje de gobernabilidad.

Impacto regional limitado y riesgos colaterales

Las dinámicas criminales venezolanas están íntimamente ligadas a Colombia. Las amenazas verbales de Trump contra el gobierno colombiano generan ruido político, pero es poco probable que deriven en acciones directas de gran escala, especialmente en un año electoral. Más relevante es el rol del ELN, que opera como actor binacional: insurgente en Colombia y fuerza parapolicial aliada al chavismo en Venezuela.

Mientras persista un gobierno chavista, ese pacto tácito se mantendrá. La eventual presión militar estadounidense podría incluso reforzar la dependencia del régimen venezolano en actores armados no estatales, profundizando la lógica híbrida.

Un sistema que muta, no desaparece

La presencia naval estadounidense en el Caribe puede cerrar temporalmente rutas, pero el narcotráfico, cómo siempre, ha demostrado ser extraordinariamente adaptable. No hay señales claras de una interrupción sostenida del flujo de cocaína hacia Estados Unidos. Lo más probable es un reacomodo: más discreción, nuevas rutas y mayor compartimentación de las actividades criminales para reducir visibilidad ante Washington.

Recomendaciones estratégicas

Abandonar la ilusión del “descabezamiento” La captura de líderes no basta. Sin una estrategia integral que apunte a las redes financieras, militares y políticas

El sistema criminal-estatal seguirá operando. Priorizar estabilidad regional sobre gestos simbólicos Acciones unilaterales de alto impacto retórico pueden generar volatilidad en Colombia y fortalecer actores armados como el ELN.

Incentivar salidas negociadas y graduales. Cualquier transición viable pasa por acuerdos con sectores chavistas con control real del poder, especialmente las Fuerzas Armadas.

Reforzar cooperación regional contra economías ilícitas El foco debe estar en cadenas logísticas, lavado de dinero y corrupción transnacional, no solo en figuras políticas.

Evaluar costos de largo plazo del control indirecto Mantener un “chavismo administrado” puede evitar el colapso inmediato, pero corre el riesgo de legitimar y perpetuar el modelo de Estado híbrido criminal.

En síntesis, la captura de Maduro no inaugura una nueva etapa para Venezuela, sino que confirma la solidez de un sistema diseñado para sobrevivir a la caída de individuos. El desafío no es quién gobierna mañana, sino cómo desmontar —si es que existe la voluntad real— la fusión entre poder político y crimen organizado que define al Estado venezolano contemporáneo.

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